La Fe Mueve Montañas

 
Niño Mueve Montaña

Cada año, inmediatamente después de la celebración del año nuevo, vienen los compromisos Diocesanos.

Tremendo lío, pues nuestros párrocos preparan todo el plan con suma artimaña, para tratar de persuadir y comprometer a los asistentes de las Misas a que se comprometan. En otras ocasiones, nos amonestan con el “diezmo”, por supuesto que eso es cosa del pasado Israelita o religión Judía.

Pero el problema número uno es que siendo una multitud tan grande, no hay fe. Dice el apóstol Pablo, que la fe viene de la predicación, ¿pero quien puede predicar a las multitudes, sedientas de fe?

Dice nuestro Señor Jesucristo en Mateo 5, 14-16. Ustedes son la Luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y se pone debajo de algún mueble, sino que se pone sobre el candelabro para que alumbre a todos los que están en la casa.

Brille pues vuestra luz ante los hombres, para que se vean vuestras buenas obras y todos glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Nuestro Señor Jesucristo, vino a traernos su Espíritu, para que diésemos testimonio de Él y de su Padre, y lo último que tenemos, es que el sacerdocio difícilmente se apropian el Evangelio y todo lo consideramos a ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, porque nosotros no podemos dar ejemplo de Cristo. Entonces ¿Quién podrá tener fe?

En otras palabras, el sacerdocio debería hacer como dice el apóstol Pablo, “sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo” y el sacerdocio dice, “sean imitadores de Cristo” y así dicho de este modo, todos quedaron fuera de la responsabilidad evangélica. Pues todos estamos obligados a ser como Cristo, y ¡si nuestros sacerdotes y todos juntos no podemos pronunciar una palabra que venga de Cristo! ¿cómo podremos, los miembros de la iglesia, mover montañas? ¡si no hay fe!

Ahora bien, nuestro Señor Jesucristo, ha mandado que nosotros seamos otros Cristos y portadores de nuestro propio Evangelio, que su Evangelio sea nuestro y que nosotros lo defendamos con nuestra propia vida, dando la vida por lo que nosotros mismos anunciamos y creemos.

Dice Cristo a través del Evangelio del Apóstol Juan (Jn 17, 18-20): “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad. No ruego solo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno”.

Entonces evidentemente, todo aquel que pronuncie el nombre de Cristo, debe de defender con sus propias palabras y hechos, la confianza plena en su evangelio, si es que ese tal está en realidad unido a Cristo. Ya no al evangelio de Cristo solamente, sino al de él mismo, unido a Cristo y mostrando con valentía que él mismo confía en las palabras de su Maestro, Nuestro Señor Jesucristo.

Si el sacerdocio, no está convencido de conocer a Cristo y no puede dar testimonio vivo de Cristo, ¿cómo podríamos hacer responsables a las multitudes de las responsabilidades económicas en nuestras diócesis? ¡Si no hay fe!

Necesitamos sacerdotes y laicos verdaderamente santos y leales a Cristo. Pero el sacerdocio, sabiendo las palabras de nuestro Señor Jesucristo: “Brille pues vuestra luz ante los hombres, para que se vean vuestras buenas obras y todos glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”, muchas veces, terminan escondiendo la luz que Cristo pone para los demás, bajo un mueble empolvado y que nadie se entere del mensaje que Cristo ha enviado a su pueblo necesitado de luz divina y de su salvación.

Las multitudes necesitan de alguien que conozca a Cristo personalmente y que lo muestre con lealtad y fidelidad, que en su vida y en sus palabras resuenen la voz única del redentor, para poder ser conquistados y transformados por el poder de Cristo.

Cuando alguien es enviado por Cristo, el Espíritu Santo vive en él, y el poder del Espíritu de Dios, le da el conocimiento y el poder de hablar con autoridad, sin abusar de la caridad hacia los demás y sin cometer errores evangélicos.

Un sacerdote o todo aquel que ama y obedece a Cristo, tiene y debe de tener oídos solo para Dios, su mente y su corazón son uno solo, el de Cristo y no hay o habrá la menor posibilidad de equivocarse en materia de evangelización. Por lo que ese tal que es fiel a Cristo, ese es el que proyecta la misma luz y la misma voz de su amo, la voz de Cristo.

Cuando un hombre o enviado por el Altísimo, da testimonio en su persona, de su deber o responsabilidad evangélica, este tal puede mover Montañas o multitudes en el nombre de Cristo.

Cuando un hombre o sacerdote enviado del Altísimo habla lleno de confianza en su Señor, solo se oye la voz de su Amo y entonces el mundo reconoce que es Cristo presente en el hombre que no se avergüenza de dar testimonio de Dios, su Único Dios verdadero. Cristo es capaz de transformar y de mover montañas de multitudes y de cambiar a la humanidad entera, si tan solo existiera un hombre capaz de confiar en Él.

Si Cristo puede mover Montañas con tan solo un hombrecillo cualquiera que confía plenamente en Él, ¿Cómo sería la faz de la tierra si hubiera muchos hombres y sacerdotes confiando en Él, solamente?

El hombre que quiera hablar a las multitudes y llevar el verdadero mensaje a los necesitados, debe ser aquel que camina a lado de Cristo, que vive en su presencia y que sus ojos solo ven la divinidad de Cristo y sus oídos solo escuchan la voz de su maestro.

Y apártese de la iniquidad—dice el Apóstol Pablo—todo aquel que pronuncie el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, porque el Señor conoce los que son suyos.

Y todo aquel que se enorgullece y se recomienda a sí mismo, no es digno de Mí.

El que se glorié, gloríese en el Señor. Que no es hombre de probada virtud el que así mismo se recomienda, sino aquel a quien el Señor Jesucristo recomienda.

La misión que Cristo les encomendó, tanto a nuestros sacerdotes, y a todos en la iglesia, es la de confiar en Él plenamente, pues sin la fe en Él, no podremos llevar la misión evangélica a las multitudes.

Por eso dice nuestro Señor Jesucristo (Marcos 11, 20 y S): Tened fe en Dios. Yo les aseguro que quien diga a este monte: quítate y arrójate al mar y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. ¿Si un solo hombre puede mover montañas, como sería la faz de la tierra si nuestros sacerdotes y laicos—hombres y mujeres, amaran y confiaran plenamente en Cristo? Seguro que se moverían montañas enormes y la paz de Dios vendría al mundo.

La responsabilidad de nuestra Iglesia Católica Apostólica y Romana, está en manos de todos los católicos y de nuestros sacerdotes y está en nuestra responsabilidad de cumplir con la misión de Cristo, que también es nuestra Misión.

Nuestras responsabilidades Diocesanas, no son tan solo económicas, son aún mucho mayores, pues el pueblo crece y crece por millares y no hay un solo hombre o sacerdote capacitado para alimentar a un pueblo que muere constantemente por la ausencia de Cristo en sus vidas.

En nuestras comunidades hay cientos de ministerios y a veces no se hace ni uno bueno entre todos juntos, pues todo lo que se predica son ventas y fondos monetarios.

El Clero no debe nunca encerrar la luz que envía Cristo a su Iglesia o Pueblo, por el contrario la Iglesia o Clero, debe ponerla en alto, para que todos puedan alumbrarse con la luz de Cristo.

¿Quién dijo que Cristo no está presente hoy en pleno siglo XXI?, ¡falso!, somos testigos vivientes de que Cristo está más presente que nunca y no hay más ciego que el que no quiere verlo, porque hoy mismo Él está hablando.

Reflexiones de vuestro hermano el menor:
Jesé “Mi Mensajero” Retoño—Un Lobo Apocalíptico
Editorial Piedrecita.
Dibujo y Arte por Javier Calvo.

 

 

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