La Unidad de la Iglesia

 
La Unidad de la Iglesia - Editorial Piedrecita

El Sacerdocio manda al Sacerdocio, pero Cristo ya no vive más.

El sacerdocio en el mundo se ha manchado, dice el Altísimo. Un sacerdote o presbítero siempre hace lo que le ordena su párroco, el párroco siempre hace lo que le ordena su Obispo y su Obispo siempre hace lo que a él le place. Dice el Señor todo poderoso, alargué mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde que sigue un camino equivocado en pos de sus pensamientos.

El sacerdote le jura lealtad a su Obispo y consecuentemente la unidad de la Iglesia se ha reafirmado, siendo solo una y sin división. Los líderes le son fieles a sus párrocos, menos a Cristo; un presbítero hoy en día le es fiel a su párroco, menos a Cristo; el párroco le es fiel a su Obispo y a su comunidad, menos a Cristo, el Obispo le es fiel a la Iglesia, menos a Cristo y Pedro le es fiel a la Iglesia, pues él es el jefe de la gentes o multitudes, pero Cristo parece que está pintado.

Un Obispo o párroco, siempre habla en sentido comunitario y siempre está defendiendo lo que la comunidad diga o decida, esta es la fórmula favorita para liberarse de la responsabilidad personal y evangélica que se tiene ante Cristo, haciendo solo lo que los demás decidan, en lugar de obedecer a Cristo el dueño de la Iglesia. El sacerdocio fácilmente se lava las manos ante el mundo y las sociedades, haciendo o diciendo lo que a las sociedades les gusta, o haciendo lo que el liderazgo, los consejos pastorales o coordinadores decidan.

El sacerdote hoy en día, no es autónomo, su evangelio no es el de Cristo, sino el de su párroco, y el evangelio del párroco es el evangelio de su Obispo y el Evangelio del Obispo, son las necesidades económicas de las diócesis y el Evangelio de las Diócesis es todo una economía, y Cristo y su Padre quedaron fuera desechados de su pueblo, Cristo es ahora una moneda en la Iglesia. Ahora la salvación de la Iglesia está en las colectas de cada domingo.

Sí, porque nuestros sacerdotes, no tienen tiempo para instruirse en su propia religión, ni para orar a su Maestro divino, no tienen tiempo para la reflexión y ni para cambiar sus propias vidas al Señor de la Santidad Suprema. Nuestros sacerdotes, dan el pan de cada día a los fieles y se quedan sin Él, proclaman santidad y enseñan una miseria evangélica, cubierta de mil palabras o discursillos que solo nos adormecen. Piden obreros en la mies del Señor y apedrean al primero que se presenta.

Nuestros sacerdotes promueven grandes retiros espirituales de conversión y ellos son los primeros en quedarse sin Espíritu y sin conversión. Nuestros sacerdotes, promueven grandes cursos de teología en sus diócesis y parroquias, y ellos son los primeros en carecer de sabiduría y conocimiento de Dios. La semilla del liderazgo enseñado por la Iglesia en estas últimas décadas está finalmente fructificando hoy en día.

Las sociedades de laicos dirigentes y coordinadores, se han sentado en sus tronos, como presbíteros o jueces de la dinastía Mosaica, haciendo su justicia y deliberando por su propia autoridad sostenida por la máxima autoridad eclesial.

Y la corrupción lidera por todas partes, sobran los que quieren liderar en la Iglesia, sobran los que quieren dirigir grandes proyectos diocesanos y grandes ministerios. A pesar de que hoy en día la iglesia insiste en invitar a la participación, y a pertenecer a la iglesia, a pesar de todo esto; sobran los que se posesionan de sus ministerios y no dejan que nadie más pueda participar en la iglesia. Sobran los que son reconocidos como grandes servidores, pero son en realidad unos manipuladores o agentes de grandes palancas en la iglesia. Sobran los párrocos y sacerdotes que protegen a estos líderes corruptos, líderes dueños de su señoría; más los que buscan la pobreza y la lealtad al Altísimo, ni contados son.

Dice mi Señor: Apacenté, pues, las ovejas de matadero destinadas a los tratantes de ovejas, y me procuré dos bastones: a uno lo llame “Gracia” y al otro “Vínculo”. Me puse a cuidar las ovejas, y me deshice de los tres pastores en un mes. Pero mi alma se impacientó con ellos y su alma también se hastió de mí. Entonces dije: ¡No las apacentaré más; la que tenga que morir, que muera, la que tenga que desaparecer, que desaparezca, y las que queden, que se coman unas a otras!

Tomé entonces mi bastón “Gracia” y lo rompí, para romper la alianza que Yahveh había concluido con todos los pueblos. Quedó roto aquel día, y los negociantes de ovejas que me observan supieron que era una palabra de Yahveh. Yo les dije: Si les parece bien, denme mi jornal; si no, déjenlo. Ellos pesaron mi jornal: treinta monedas de plata. Yahveh me dijo: ¡Échalo al tesoro, esa lindeza de precio en que me han apreciado! Tomé, pues, las treinta monedas de plata y las eché en la Casa de Yahveh, en el tesoro (Zacarías 11, 7-13).

Así dice mi Señor, pues ya está cansado del liderazgo y de la miseria del sacerdocio.

El problema de hoy en día, es que la Iglesia está tan unida que ya no oye a Cristo, sus oídos están tapados, sus mentes están puestas en sus fabulas e interpretaciones personales de las escrituras, y sus corazones empedernidos por las economías de los templos y de las deudas pasajeras de esta vida. Pero, sí hay una cosa que sí escuchan nuestros obispos y sacerdotes, son los chismes y falsedades, de la cantidad de laicos dirigentes, coordinadores o laicos servidores corruptos que se encargan de comunicarles todo lo que ellos quieren que se haga en las diócesis o parroquias.

Escuchan solo quejas y chismes de líderes ambiciosos y avaros. Pues personas indignas, personas soberbias, personas egoístas y sin el conocimiento de Cristo, sin conocer su doctrina, y sin que lleven la presencia de Dios, son las que mandan siempre en las parroquias y diócesis. No obstante, nadie las puede detectar, porque son personas de carácter humilde, de palabras dulces, de trato amable y conquistan a quien sea, en especial al sacerdocio, pero en la mayoría de las veces son hienas.

Estas personas indignas, son el nuevo dios; mejor dicho, el dios que ya lleva décadas y décadas y que nuestros obispos y sacerdotes obedecen, y la voz de Cristo se ha perdido entre las tinieblas de esta vida. Pues nuestros sacerdotes, no conviven con el pueblo y no conocen lo que en realidad está pasando. El sacerdote u obispo, hoy en día es solo un líder político, listo para tomarse la foto con su comunidad, o mejor dicho con los líderes, o con las multitudes, o con los medios publicitarios.

El sacerdocio todo lo conoce a través de los informes de los laicos líderes, líderes quienes buscan los primeros lugares en las parroquias. Líderes que manipulan o monopolizan los ministerios a su manera, bajo el pretexto de servir a Cristo; laicos líderes que ya se pasaron de tueste, de viejos y de corrompidos en la señoría de sus ministerios.

Pero lo que es más ofensivo en estos administradores, es que ellos son líderes en sus comunidades parroquiales y los fieles que asisten a estas comunidades durante la semana, no saben que estos administradores, los encargados de pequeñas comunidades de convivencia cristiana, administradores del catecismo – catequistas coordinadoras encargadas de los demás catequistas, encargados de grupos juveniles o coordinadores de los coros, encargados de la evangelización, coordinadores diocesanos para la juventud, etc., etc., etc.

Estos líderes o coordinadores, son muchas veces personas asalariadas, muchas de ellas o ellos no van ahí porque voluntariamente amen a Cristo, o el ministerio, sino que son personas con salario fijo y todos en la comunidad piensan ignorantemente, que ellos son dedicados a sus ministerios día y noche por voluntad propia o por amor a Cristo. Desde luego que siempre hay excepciones, pero esto sería lo reglamentario en ciertos casos. Los fieles no saben que todos estos administradores, son pagados por la parroquia o diócesis, y ellos no pueden amar a Cristo y ni a su ministerio, pues ellos aman el cheque, salario o sueldo que les pagan por abusar, mandar y liderar a otros.

Sin tomar en cuenta el salario que se les paga a los sacerdotes y diáconos en nuestras diócesis, y otras utilidades que incluyen comida, sirvienta, súper comodidades cinco estrellas del hogar, automóvil último modelo y techo gratis.
Esto es solo un pequeñísimo detalle de millares de cositas que pasan desapercibidas y que existen en las comunidades parroquiales, pero Cristo está ausente en todo esto y el saqueo de colectas e ingresos económicos no paran de funcionar continuamente en las parroquias, y los laicos no saben nada, pues el padrecito sabe lo que hace.

Hay infinidad de casos sumamente deplorables en las diferentes comunidades de nuestras diócesis y la ignorancia de los laicos es aun cada vez mayor, y aun así a nadie le interesa instruirse en la religión católica. Los laicos prefieren cambiarse de religión, pues si existieran laicos educados y preparados en materia de religión, siempre habría quien reportara a estos líderes o falsos funcionarios y denunciara todos los actos de corrupción de los líderes en la Iglesia. Claro, porque los actuales líderes, no denuncian a los otros líderes corruptos, pues todos quieren quedar bien ante los líderes superiores, y la responsabilidad que se tiene ante Cristo, que se vaya a la basura.

Por ejemplo, en esta parroquia, la comunidad colectó dinero y materiales necesarios para hacer una venta comunitaria y así todos poder tener el dinero necesario para comprar los libros del catecismo.
Una vez que los líderes compraron todos los libros del catecismo para todos los miembros en la comunidad, aun sobraron más de mil dólares.

Lo más sorprendente, es que estos líderes, se pusieron a venderles los mismos libros del catecismo a la misma comunidad que ya había trabajado para conseguir estos libros y estos miembros ignorantes, sin reprochar nada, se ponen todavía a pagar hasta siete dólares o más por cada libro, cuando ellos ya habían trabajado por los mismos libros.

La corrupción de los líderes en las parroquias y diócesis son una verdadera epidemia. Esto es lo que enseñan y apoyan nuestros sacerdotes, esta es la realidad de nuestros sacerdotes católicos contemporáneos, pues se les ha cegado la conciencia y el dinero es todo un dios que reina en las comunidades parroquiales.

El párroco, durante la homilía en misa, serenamente hace una llamada de atención a las mamás y familias, porque las jovencitas están usando unos pantaloncillos muy ajustados, y que se están vendiendo en las tiendas hoy en día. El párroco amablemente les llama la atención por esta inmoralidad.

Es que hay muchachas que vienen a Misa, en shorcitos o pantalones tan cortitos que vienen enseñando demasiado, y también hay unas que les gusta venir destapadas de arriba o con muy poca blusa, o muy poco vestido. E inclusive las que sirven en el altar, son casi o normalmente las más lujuriosas, vanidosas y las más aplaudidas.

Pero lo curioso es que ningún sacerdote, se atreve a dar correcciones o ejemplos verídicos que correspondan a la vida real, para que los fieles puedan entender mejor el evangelio y eviten pecar. El sacerdocio siempre está hablando de las historietas o los pasajes bíblicos del tiempo de Cristo. Pues si hubiera sacerdotes que entendieran el evangelio y lo explicaran con ejemplos actuales, la comunidad entera se beneficiaría inmensamente.

Por ejemplo, en lugar de señalar la gravedad y las razones, el sacerdote solo les reprocha su inmoralidad y les recuerda que si vienen a Misa, que por favor vengan cubiertas, aunque ya fuera de Misa, ellas anden descubiertas o como quieran.

Tremendo mensaje de parte de un sacerdote católico, de ahí que nuestros sacerdotes, en vez de mover montes según el evangelio, mueven cerritos de morralla. Porque teniendo la corrupción y el mal ejemplo enfrente de sus narices, no hacen nada por corregir. Porque si existe alguna razón para que ellos no puedan dar enseñanzas verdaderas y evangélicas, esa razón no puede ser otra cosa que, la ignorancia en su religión, la ausencia de Cristo en sus vidas y la carta que esconden bajo la manga; que no puede ser otra cosa que una vida de corrupción que llevan privadamente y que no los deja ser honestos y fieles al evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

Esta actitud pobre y miserable del sacerdocio, los está llevando a ofender a Cristo y con ello, al suplicio del castigo eterno, al infierno.

Con respecto a este sacerdote, ¡por dar un ejemplo!, nosotros que somos prácticamente una escoria o desecho y a ¿Quién le puede importar un laico inservible? Pues le vamos a dar un ejemplito de lo más sencillo y que al menos es lo que este sacerdote debió haber enseñado en su propia parroquia, a su comunidad necesitada de Cristo.

Primero, ¿Por qué no debemos asistir a Misa vestidos exóticamente o inapropiadamente? Es decir no en huaraches, no en vestidos exóticos y cortos, no en pantalones cortos con huaraches o tenis, es decir, no en camisas desfajadas o en vestuarios desordenados.

Simple y llanamente, porque Misa es la asamblea de los hijos de Dios que vienen a regenerarse y a alimentarse del Pan de Vida eterna, y porque Misa es un lugar exclusivo para la reflexión y para la adoración del Altísimo. Misa no es tiempo de lucir modas, ni de venir guandajos o de estar pensando en lujos, o de mostrar joyitas y vicios de nuestro panteísmo personal. Por tal motivo se requiere venir vestidos apropiadamente, despojados de nuestros vicios y desordenes personales, para poder darle el valor necesario a nuestra propia salvación, de lo contrario seremos solo unos farsantes e hipócritas fariseos.

Misa no es la fiesta pagana que todo el mundo se imagina, en la que podemos venir vestidos a nuestra manera y ni tampoco se come comida pagana y ni se toma vino de borrachera mundana. Todo aquel que no esté vestido apropiadamente para el banquete o mesa del Señor, será echado fuera a las tinieblas, ahí será el llanto y el rechinar de dientes, así dice mi Señor (Mateo 22, 13).

Nuestros sacerdotes, hasta el presente solo nos han enseñado que Misa es una fiesta, de ahí que hay infinidad de muchachas y señoras que vienen vestidas a Misa como unas cabareteras o teiboleras exóticas; pero esa fiesta, la enunciada por el apóstol Juan en su apocalipsis y prometida por Cristo, esa fiesta no es aquí en la tierra; esa fiesta es solo la garantía de nuestro sacrificio aquí en la tierra, es la promesa de Cristo a su iglesia sacrificada y peregrinante, porque aquí en el mundo, solo es trabajo, cansancio, dolor y sacrificio.

Misa es la fiesta prometida allá en el cielo, de aquellos que perseveren en la lucha, de aquellos que se humillan ante todos y ante Dios. Misa es la sangre del Cordero que nos derrime bajo el sacrificio del trabajo y el dolor del cumplimiento del evangelio en esta tierra. Misa no es el Pan consagrado que debemos de comer cada domingo, para recibir a Cristo, vivir en Dios por unos segundos, y luego inmediatamente después, a seguir viviendo nuestra vida pagana como siempre. Misa es la fuerza sacramental, que nos da vigor, para luchar en la evangelización durante toda nuestra vida, aquí en la tierra. Misa, no tiene que ver nada con una pachanga o una fiesta mundana, y mucho menos, no existe ninguna razón para venir desordenadamente vestidos a Misa.

En eso se han equivocado gravísimamente nuestros sacerdotes, al no dar una buena explicación a lo referente y han dañado seriamente la doctrina y enseñanza verdadera de Cristo. Han ofendido a mi Padre celestial, y Cristo mi hermano lleva una herida en su corazón.

Es un pecado gravísimo, venir en ropas exóticas y con los pechos medio descubiertos, y también es un pecado venir en ropas de playeras o pantalones cortos y en huaraches (salvo algunas excepciones o ciertas culturas indígenas, u otras excepciones no explicadas aquí, o cuando la pobreza es extrema). De tal manera que en lugar de enfocarnos en la misión divina, estas personas indecentes, solo logran meter el demonio en los demás, por los usos y las modas.

(Nota: la belleza del cuerpo humano, tanto en mujeres como en hombres, no es motivo de ofensa para Dios, pero sí es malo y ofende seriamente a Cristo, cuando la usamos con o sin intensión, y con el fin de distraer, seducir, provocar, perturbar o matar el alma de los demás.)

Ser pobre no es significado de suciedad y de desorden, pero se puede ser muy pobre y se puede venir lo más decentemente vestidos a Misa. Pero si usted es de clase media o es rico, está obligado(a) a venir a Misa vestido(a) apropiadamente, para su propio beneficio espiritual personal y para dar el buen ejemplo a los demás. Ser rico o de clase media, no es ninguna buena razón o excusa para venir a Misa en pantalones rabones, huaraches y vestidos exageradamente exóticos y cortos.

Ser rico o de clase media o norteamericano, no es razón para ofender a Cristo viniendo a misa en atuendos de clubes, en ropas de playa, o en piyamas o en ropas exageradamente casuales, como quien viene a su casa todo guandajo y despreocupado. La riqueza no es ninguna excusa para desobedecer a Cristo y ni de no dar testimonio de sacrificios ante Dios. El que es rico, está obligado doblemente ante Cristo, a sacrificarse más por los pobres y por su propia salvación.

Las personas que no obedecen, no son otra cosa que lo que Nuestro Señor Jesucristo llamó “Escándalo” y ¡hay de aquel que escandalice a uno de estos pequeñuelos!, porque más le valiera que le colgaran una piedra de molino y lo arrojasen al fondo del océano.
Así castiga nuestro Señor Jesucristo, a estas personas que se dedican a pervertir a los demás, enseñando o transmitiendo sus ejemplos pecaminosos, con sus modas, costumbres y vicios paganos.

Y sin contar que quien viene mal vestido y exótico o exótica, viola el Quinto Mandamiento, que no solo manda “NO matar el cuerpo”, sino que en especial este mandamiento ordena, por boca del mismo Dios verdadero—Cristo Nuestro Señor, que no debemos matar el alma.

De ahí que Nuestro Señor Jesucristo dice, que no temamos al que mata al cuerpo, sino al que mata el alma, el pecado.
Y por si fuera poco, todas las mujeres que vienen a misa y se visten exóticas, con maquillajes exagerados, peinados exóticos o ridículos, o con vestidos demasiado cortos, pantalones exageradamente ajustados, con excesos vanidosos y sin moral alguna; violan el Primer Mandamiento de la Ley de Dios, que manda Amarlo a Él sobre todas las cosas y también el Sexto Mandamiento, que prohíbe toda acción que conlleve a la lujuria, a la tentación y a los deseos obscenos de la carne.

Si nosotros que somos unos miserables laicos, que somos un desecho de la iglesia, que somos despojados de todo, despreciados por todos en la iglesia, si nosotros que somos unos sarnosos y basura del mundo, podemos dar un mensaje aunque simple, pero justo según lo elemental para salvar el alma de los demás, dígame usted: ¿cómo es posible que un sacerdote católico, súper estudiado, con reputación excelsa, graduado en un seminario, con estudios de teología, maestro en religión, promotor de grandes cursos de teología en su diócesis o parroquia, autorizado por su diócesis; y que hasta nos ha costado a todos los laicos un ojo de la cara, pagar por sus estudios religiosos; no sabe ni como dar testimonio de lo más elemental en el catolicismo?
Verdaderamente son una pena y una vergüenza nuestros sacerdotes contemporáneos.

Para poder entender lo que sucede en la Iglesia, hay que instruirse y conocer bien la doctrina de Cristo, de lo contrario mi ignorancia y mi pobre conocimiento siempre creerá en todo lo que cualquiera me diga, basta con que cualquiera tan solo tenga una sotana y diga cualquier insensatez, y en nuestra ignorancia lo creeremos todo.

La unidad de la Iglesia, está en Cristo su dueño y en el cumplimiento de su evangelio y en la vida de testimonio de santidad de sus miembros que son fieles a Cristo en vida y sacrificio total. La humildad y la misericordia son el distintivo de los hijos de Dios, la santidad es el fin de la Iglesia. Nuestros sacerdotes, deben ser fieles a Cristo, nuestros obispos deben siempre escuchar y obedecer a Cristo. La Iglesia entera debe siempre en unidad con Cristo y con el Papa o sucesor de Cristo caminar, en sacrificio y humildad. La Iglesia debe caminar anunciando a Cristo y su evangelio, sin avergonzarse de Él, y sin omitir las verdades del evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

La unidad que fomenta la iglesia hoy en día, no es la que Cristo ha establecido, sino la que ella misma ha creado con su democracia, con su poder económico absoluto, con el exceso de libertinaje evangélico de los laicos y con el incremento de la ignorancia de las leyes divinas; desobedeciendo a Cristo, enfocándose en el dinero y despidiendo a todo aquel que se presente en el nombre de Dios.

La iglesia, no debe de esconder el evangelio, anunciándolo con términos políticos, y expresándolo con términos comunitarios.
Ejemplo: para justificar a una persona que es despedida por sus buenas obras, un clérigo dice que la comunidad estaba pidiendo los cambios, cuando en realidad se está justificando o encubriendo una falta, pecado o corrupción de algún líder o sacerdote, que está abusando de su autoridad.
La iglesia no debe de esconder el evangelio con términos filosóficos y retóricos para confundir a los fieles y favorecer a las multitudes.

La iglesia no debe de evangelizar, permitiendo que el dinero sea confundido con Cristo. La iglesia no debe de transmitir mensajes político-religiosos, para quedar bien ante el mundo.
Ejemplo: “Donde no hay misericordia no hay justicia”—palabras religiosas o preceptos más importantes de la ley de Dios, pero que combinados, crean una nueva fórmula empleada por ciertos religiosos o cardenales, cuyo significado es muy conveniente para pretender que Dios acepta los desórdenes y errores humanos, y que reflejan una política encubierta de religión, pretendiendo que se está dando un gran mensaje evangélico, cuando en realidad se está en contra de Dios, o mejor dicho en contra de Cristo.

Pedro debe de poner atención a la voluntad de Cristo, y escuchar y obedecer solo a Cristo. Pedro no debe de avergonzarse de Cristo, por mencionarlo o nombrarlo ante las multitudes, prefiriendo sus mensajes humanitarios o filantrópicos. Pedro no debe de transmitir mensajes dudosos y antievangélicos, tan solo para adular o para quedar bien ante las multitudes.

Pedro no debe de engañar a las masas y multitudes con mensajes dudosos, o invitaciones a la iglesia con apariencia aberrante, porque eso es mentir a las multitudes o sociedades, y al mismo tiempo es traicionar a Cristo. Cuando se traiciona a Cristo, se ofende seriamente a Dios mi Padre Celestial. Cuando se ofende a Cristo y a mi Padre eterno, me han ofendido a mí-el mensajero de Cristo, y han ofendido seriamente, gravísimamente a “María” mi Madre celestial, la siempre virgen de Guadalupe.

La iglesia no debe de transmitir mensajes dudosos o filantrópicos, que complacen a las multitudes o sociedades, a los líderes o coordinadores, pero socaban o destruyen el evangelio desde su interior.
La iglesia debe de caminar fiel a Cristo y sin dobleces. La iglesia no debe de rechazar a nadie, pero no debe de omitir decir la verdad en su lugar y tiempo, para que las sociedades no sean confundidas y la hipocresía no resulte ser un arma letal contra la misma iglesia. Cuando se miente ante las multitudes en el nombre de Cristo, se viola el octavo y el primer mandamiento de la ley de Dios. El sacerdote de hoy en día, debe tocar la puerta de los fieles, con su conducta santa y su lealtad ante Cristo.

¿Cuándo será posible que nuestros sacerdotes pudieran escuchar la voz de Cristo? ¿Sería posible, que alguna vez existieran misas dominicales en las que no existiera el dinero, pero solo Cristo y su Evangelio?

Mensajes y Reflexiones | Que la paz de Cristo, esté con todos,
Vuestro hermano el menor Jesé Retoño—Mi Mensajero.
Editorial Piedrecita.
Dibujo y arte por Krzysztof Krygier.

 

 

Comments are disabled.