Viaje al Purgatorio: ¿Qué es en Realidad el Purgatorio?

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Viaje al Purgatorio - Jesé Retoño

Yo “Jesé Retoño”, quiero llevarlos de la mano hacia el purgatorio y quiero que conozcan lo que es y se siente después de la muerte, habiendo fallecido en pecado, y sin gravedad al extremo, pero como quien vivió una vida tibia o, a medias.
Pero antes de proceder con mi experiencia, la cual me fue concedida por la Virgen María, la siempre virgen de Guadalupe.
Hagamos un análisis de lo que sabemos hasta hoy, acerca del purgatorio y de todo aquello que la iglesia nos ha enseñado al respecto.

En el nuevo testamento, Cristo nos ilustra claramente acerca del destino de los buenos y de los malos: “Vengan benditos de mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo” o bien “Apártense de Mí, malditos, y vayan al fuego eterno preparado para el Diablo y sus Ángeles” (Mt. 25, 34-41).

En el nuevo testamento, talvez Cristo, no estuvo muy interesado en el purgatorio, sino en el castigo de aquellos que desprecian a Dios. La prioridad de Cristo en su evangelio, es la salvación de todos aquellos que lo quieran seguir. El purgatorio, no es y no fue la misión de Cristo, por lo que no tenemos mucha información al respecto.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 1030 dice lo siguiente: “Los que mueren en la Gracia y amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de la muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.”

En el numero 1031 nos dice: “La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados.”

No fue sino hasta 1439, que en el Concilio de Florencia se definió la doctrina del Purgatorio, y hemos de notar antes que nada que, tanto en el actual Catecismo de la Iglesia Católica como en el Concilio de Florencia, se habla del Purgatorio como de un “estado de purificación” y no de un lugar de tormentos. Por ende, no es exacto decir que alguien está “en el Purgatorio” como si fuera realmente un lugar en el espacio y en el tiempo.

Según la opinión de muchos peritos en la iglesia, el Purgatorio es un estado de auto purificación, deseado por el alma misma que se sabe, está impura ante la perfección y majestuosidad infinitas de Dios. Se piensa que, habiendo muerto el cristiano en Gracia de Dios, aunque con penas aun no satisfechas, tiene en su corazón un amor tan intenso, tan ardiente, que sufre por el retraso merecido, en tanto se purifica totalmente. Se piensa que le cristiano sufre el dolor de la ausencia, de no estar ya en la posesión total de Dios.

En la iglesia, se piensa que el purgatorio es un deseo ardiente del abrazo de Dios, una herida de amor que causa gran sufrimiento, una nostalgia fuertísima de Dios. También, se cree que es un estado de deseo loco de Dios a quien ya se conoce porque lo hemos visto pero con quien aún no podemos unirnos debido a nuestras impurezas.

Aunque el sufrimiento sea terrible, existe ya la certeza de vivir pronto para siempre con Dios. Es una certeza inquebrantable. Podemos decir que el gozo es mayor que el dolor. El alma desea ser purificada para estar inmaculada antes de ir al Cielo. Esta es la información general que obtenemos de muchos grandes teólogos y sacerdotes, en la iglesia.

Hay también, muchos testimonios de que, en el momento de la muerte, vemos una luz resplandeciente, hermosísima, plena de gozo que nos hace desear con toda el alma seguir hacia esa luz. San Juan en sus escritos, en repetidas ocasiones nos dice “Dios es luz y en El no hay tinieblas”, que “Cristo era la Luz del mundo y el mundo no lo conoció”. Jesucristo mismo se autodefinió como “la Luz del mundo”.

Cuando por permiso de Dios y con los auxilios de la ciencia logran “revivir” a aquel que estaba en trance de muerte y que ya vio la luz de Dios, el alma no quiere ya regresar a esta vida llena de oscuridad e incertidumbre. Han probado brevemente la felicidad que nos espera en el Cielo. Es por eso que la Iglesia desde siempre ha deseado a los difuntos no solo que “descansen en Paz” sino que “luzca para ellos la luz perpetua”.

Las almas del Purgatorio, que han visto la luz de Dios, sufren la agonía de estar en la antesala, purificándose voluntariamente de sus pecados.
En el antiguo testamento, en el libro de los Macabeos, el cual pertenece a los deuterocanónicos, los cuales no son aceptados por nuestros hermanos separados, precisamente, por el rechazo que le tienen al purgatorio.

Mas, sin embargo, los israelitas deportados, aceptaban la existencia del más allá, en un lugar de espera o purificación, más bien inspirados por la creencia de la resurrección. Si el pueblo israelita, no hubiera creído, que los compañeros caídos iban a resucitar, habría sido cosa inútil y absurda orar por ellos. Pero los israelitas, creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren como creyentes; de ahí que su inquietud era santa y muy de acuerdo con la fe. Esta es o era principalmente la razón por la cual Judas ofreció este sacrificio por los muertos, para que fueran perdonados de sus pecados (2 Mac. 12, 41-46).

En el Nuevo Testamento encontramos también sustento a la doctrina del Purgatorio. San Pablo, en la primera carta a los Corintios, argumenta acerca de las obras probadas a fuego el día del juicio: “Si su obra resiste el fuego, será premiado, pero si es obra que se convierta en cenizas, él mismo tendrá que pagar. Él se salvará, pero como quien pasa por el fuego” (1Cor. 3, 14-15).

Evidentemente, en las escrituras del antiguo y nuevo testamento, no se menciona la palabra purgatorio, pero se cree en tal lugar o en tal estado después de la muerte.

Oración por los Muertos

Por eso la Iglesia siempre ha propiciado, desde los primeros años, sufragios por los muertos. Tertuliano (200d.C.), San Efrén, San Cirilo de Alejandría, San Juan Crisóstomo, mencionan que el ofrecimiento de la Eucaristía era el sufragio más común desde entonces. Alejandro de Hales, teólogo inglés, explica que las almas en el Purgatorio no pueden hacer nada por sí mismas, no pueden ya hacer méritos y están necesitadas de ayuda, quedan abandonadas por completo del todo.

El tiempo de hacer buenas obras, de hacer méritos se les ha terminado. Su esperanza, está basada esencialmente en las acciones y oraciones de los demás: “Los sufragios son los méritos de la Iglesia (iglesia peregrinante o iglesia que vive en santidad), disminuyendo el dolor y sufrimiento de un individuo en el purgatorio”.

Santo Tomás de Aquino asegura que el Purgatorio, es más “medicinal” que “vindicativo”. Dios no nos “castiga” por nuestros pecados veniales, sino que ofrece un sufrimiento correctivo que pueda purificar nuestro amor por El. Así considero lógico que exista una proporción entre la gravedad del pecado y la intensidad del sufrimiento. Santo Tomas nunca cuantificó esto, pero en la Edad Media estaban fascinados con los números cuando las matemáticas florecían. Fue más natural, para la gente sencilla, cuantificar la gravedad del pecado de acuerdo con la duración de la penitencia impuesta al confesarse.

En el siglo XI los monjes del célebre monasterio de Cluny (Francia) dedicaron el 2 de noviembre para orar por sus miembros y benefactores difuntos y ya en el siglo XIII la costumbre de orar ese día por “los fieles difuntos” se había extendido a toda la Iglesia. Pero, en definitiva, la información existente del purgatorio en la santa iglesia católica, es relativamente precaria.

Después de haberles conducido a través de un breve recorrido en la historia de la iglesia, quiero pasar a relatarles, lo que un día la siempre virgen de Guadalupe me concedió. Esto me sucedió cuando yo, “Jesé Retoño” me dirigí a ella en una oración o petición, que le envié a ella con mi hermano Saul, quien yacía en trance de muerte.
(Nota: He decidido cambiar el nombre real de mi hermano, por uno ficticio, y así de esta manera, evitar que algún miembro de mi familia pudiera preocuparse, pero la historia es la misma y es completamente verdadera.)

A continuación, voy a proceder con mi relato y pretendo al mismo tiempo, llevarlos conmigo, y que ustedes también experimenten mi viaje al Purgatorio.

Mi hermano Saul, tenía unos 24 años de edad, y él se había cambiado de la iglesia católica al budismo, lo cual mortificaba a toda la familia, por haber abandonado a la iglesia católica. De repente, nos enteramos en la familia, que él se había auto-determinado como homosexual. Esta situación, nos hizo a todos comprender y aceptar el fracaso como católicos, y no nos quedó más que dejarlo en manos de Dios.

Al poco tiempo, nos enteramos de que había adquirido el sida; estuvo en tratamientos médicos, pero al final la infección se desarrolló y lo puso en peligro de muerte. Cuando mi hermano yacía en el hospital, y yo sabiendo que su fin se aproximaba, me decidí ha convencerlo de abandonar el budismo y de que abandonara su inclinación hacia la tendencia liberal o preferencia sexual.

Me dispuse a platicar con él, y le dediqué tiempo para explicarle lo que él estaba perdiendo al abandonar a la iglesia católica. Le recordé el origen del catolicismo y lo que Cristo había dejado en su santa doctrina, para que todos pudiésemos obtener nuestra salvación. Llegué al punto de los sacramentos y se retorcía cuando yo le mencionaba la necesidad de obtener el perdón de Cristo, a través de un sacerdote. Aún recuerdo, cuando sus ojos y su cara expresaban el rechazo de la idea del sacramento del perdón.

Él no quería dejar el budismo y le ofendía tan solo que se lo recordara, porque Cristo ya no era de su agrado. Al día siguiente, lo visité en el hospital y continúe con mi misión de hacerlo recapacitar en Cristo.
Como al tercer día, después de varias horas y explicaciones, lo volví a visitar y esta vez, fue diferente, pues ya no rechazó mi evangelio y parecía que quería la confesión.

Esa mañana, me pidió que le buscara un sacerdote, pues él quería confesarse. Un cambio había pasado en él y posiblemente Cristo intervino. Inmediatamente, me dirigí en busca de un confesor y al atardecer, logré traer un sacerdote, y junto con algunos miembros de la familia, tuvimos la visita de un sacerdote de la santa iglesia católica, incluyendo a mis padres.

Algo le pasó a mi hermano, que tomó una decisión muy repentina, pues mi insistencia y la voluntad de Cristo, intervinieron en su decisión. Finalmente, mi hermano se confesó, recibió el viático y a partir de ese momento, solo esperaba el inicio de su partida.

Después de su confesión, lo noté más relajado y mejor dispuesto al trance por el que él debía pasar. Al día siguiente por la mañana, volví al hospital y noté que mi hermano estaba más decaído, sus fuerzas se habían agotado y su voz era mucho más débil, su cuerpo estaba paralizado y petrificado de la cintura para abajo, estaba destruido por la enfermedad, y era cosa de minutos para iniciar su partida de este mundo.

Cuando mi hermano agonizaba, estaba yo a su lado y solo yo “Jesé Retoño”, lo acompañé en su último momento de su vida. Yo lo vi en el momento en que dejó de vivir, cerró sus ojos y la vida se le fue. ¡No lo podía creer! Recuerdo que en lo poco que platicaba me decía que cuando ya se muriera, que quería que lo enterraran, me daba a entender su firme decisión al ver la muerte tan de cerca.

Entonces, me acordé de darle un mensaje. Pues la Virgen de Guadalupe, ha sido en mi alma y en mi corazón la reina de mi vida.

Yo siempre, desde mi niñez, la amé y la veneré hasta el presente. Soy de origen mexicano y como todos los mexicanos amo a la Guadalupana. Al ver a mi hermano en su último momento, y sabiendo que él ya se había confesado y que había aceptado a Cristo de nuevo, decidí darle un mensaje a mi hermano, para que se lo entregará a la Virgen, cuando él ya estuviera en el cielo.

Continuación…

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